
2 de mayo de 2026
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Un nuevo estudio tumba la creencia de que la domesticación encogió el cerebro canino. La verdadera lección es sobre cómo usamos nuestros propios recursos mentales.
Un nuevo estudio demuestra que el cerebro de los perros no se redujo inmediatamente con la domesticación, sino mucho después, cuando ya vivían con humanos. La creencia popular de que la domesticación encogió su cerebro para siempre era incorrecta.
Durante años asumimos que la domesticación había reducido el cerebro canino a la mitad, como si la vida junto a nosotros los hubiera vuelto menos inteligentes. Pero la ciencia corrige el rumbo: la reducción ocurrió más tarde, probablemente como respuesta a un entorno estable y predecible. Los perros no perdieron capacidad cognitiva; simplemente dejaron de necesitar ciertos circuitos de supervivencia.
Esto resuena con nuestra propia relación con la tecnología. Creemos que la sobrecarga digital nos empequeñece el cerebro, que perdemos capacidad de concentración para siempre. Pero quizás, como los perros, nuestro cerebro se está adaptando a un nuevo entorno, no encogiéndose. La pregunta no es si estamos perdiendo inteligencia, sino si estamos usando nuestra atención en lo que realmente importa.
“El cerebro no se encoge por domesticación, sino por falta de desafíos; la atención no se pierde, se redirige.